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Un viaje al Quindío, origen del mejor café del mundo


Nunca imaginé tantas tonalidades de verdes hasta que pisé por primera vez el Quindío; eso fue hace años pero he regresado y para mi sorpresa he descubierto nuevos colores en las laderas y montañas del más pequeño de los departamentos de Colombia. Localizado en la Cordillera Central de los Andes, entre el oriente y occidente del país, el Quindío forma parte del Paisaje Cultural Cafetero, un área que comprende 47 municipios y más de 400 veredas repartidas en cinco departamentos y en donde se ubican miles de fincas cafeteras. Y no me extraña que la Unesco posara sus ojos ya hace años en este “ejemplo de paisaje sustentable, productivo y tradicional, referente para las zonas cafeteras de todo el mundo”, un paraíso en la tierra cuajado de plantas de café, guaduales, bananos, flores, yarumos, ríos, quebradas y casitas pintadas de colores, declarado Patrimonio de la Humanidad

 

 

Armenia es la capital de departamento del Quindio y aquí aterrizamos procedentes de Bogotá; amanecí en Santa Marta donde no llueve ni por asomo y la sequía es tenaz por lo que estos paisajes quindianos me parecen todavía si cabe más verdes y frondosos. Nuestra primera parada es en El Horizonte donde nos sirven un pecado de cazuela de frijoles de esas, como decimos en mi país, que no se las salta un galgo, con su aguacate, arepa, chicharrón y arroz. ¿Y existe un plato típico del Quindío? pregunto. La respuesta es no pero aquí sí preparan sopa de mondongo, tortas de chócholo, sopa de arracacha con orejas, miga de arepa, carne desmechada, pepino relleno, sancocho, buñuelos, pandebonos, mazamorra, empanadas y otras delicias. Don Jorge y Doña Cecilia son hermanos y regentan esta finca tradicional cafetera en el municipio de Montenegro y desde la que en verano se alcanzan a ver los nevados de Tolima, Ruiz y Santa Isabel. Aquí me quedaría durmiendo la siesta bajo la sombra de un caracolí de más de 100 años en el que los huéspedes se refugian para meditar y hacer yoga dentro del programa Conexión y Vida que busca un encuentro con el yo y una recarga de energía.

 

Filandia, “Hija de los Andes”, “Colina iluminada”, es uno de los pueblos con encanto del departamento y de verdad, nada tiene que envidiar a su vecino Salento, mucho más ruidoso y turístico; aquí las fachadas son igual de bonitas y coloridas, los balcones están cuajados de begonias y crisantemos, da gusto pasear por su Plaza al caer la tarde y hay decenas de terrazas que miran al incomparable paisaje de la Hoya del Quindío. El mirador “La Colina Iluminada” permanece cerrado tras el hallazgo de unos restos arqueológico pero os aseguro que merece la pena desviarse hasta aquí por todo lo que os he contado y por comer en Helena Adentro, un restaurante ubicado en una preciosa casona típica donde trabajan de la finca a la mesa, con amor e ingredientes frescos.

 

 

Filandia también es conocida por su cestería en bejuco recolectados en el bosque de niebla andino de la que el artesano Don Jaime Martín nos da algunos detalles mientras teje frente a nosotros; con el auge del café surgió a comienzos del siglo pasado una comunidad cestera que suministraba los diferentes canastos para cada momento del proceso: siembra, recolección y beneficio del grano. En la década de los ochenta, la Federación Nacional de Cafeteros introdujo el ‘coco’ o balde plástico que reemplazó al canasto recolector tradicional; los artesanos tuvieron entonces que recurrir a la producción de nuevos objetos, utilitarios y decorativos.

 

 

Pijao Eje Cafetero Colombia de una

 

Para mí la gran sorpresa de este viaje al Quindío es Pijao, el primer pueblo de Latinoamérica declarado “Ciudad sin prisas”. Lo que comenzó en 1986 con un movimiento pequeño y silencioso llamado Slow Food -que buscaba acabar con el estilo de vida desenfrenado, lo que llaman la enfermedad del tiempo y la comida basura-, logró ampliarse hasta impulsar los clubes de la pereza, los viajes sin prisa y la Red de Ciudades sin Prisa o “Cittá Slow” a la que solo pertenecen 80 en todo el mundo. A algunos les parecerá que la vida en este pueblito del Quindío colombiano de no más de 6.500 habitantes es aburrida pero éste es el turismo que a mí me interesa, el que va lento pero hace las cosas, es respetuoso, no masivo, preserva el medio ambiente, es sensible con el patrimonio cultural y las tradiciones, busca historias humanas, experiencias y huye del ruido. ¿Y qué es lo más turístico de Pijao, este pueblo de cuento rodeado de montañas en el que anidan las garzas? Ellos mismos: el arriero con sombrero, manta y carriel; los niños que bailan en la plaza polkas, chotis y cumbias ataviados con el traje típico; la banda de música, la señora de la tienda donde compro unas alpargatas; Don Gonzalo Toro y su bar “Los recuerdos” empapelado con miles de afiches y postales de estrellas de cine y su colección de más de 6.000  vinilos donde nos bebemos unos aguardienticos; y Don Fabio, “El cacique”, que nos enamora con su trova improvisada, la guitarra española y esa voz rasgada con la que canta eso de “qué orgulloso me siento de haber nacido en mi patria, qué orgulloso me siento de ser un buen colombiano”. Por favor señores del turismo colombiano, olvídense de las campañas de sol y playa –no estamos en condiciones de competir con México y Santo Domingo- y no se empeñen en comparar Ciudad Perdida con el Machu Picchu peruano; promocionen la verdadera esencia de Colombia, la que tienen pueblos como Pijao y su gente, será éxito seguro.

 

En el Quindío día y noche se toma café y un excelente lugar para hacerlo es la recién inaugurada Hacienda La Mina. Café Concorde, con unas vistas impresionantes y varios métodos de preparación. Y mientras saboreo una deliciosa taza viendo el sol ocultarse me pregunto si el café colombiano realmente es el mejor del mundo y qué le hace tan especial. ¿Será que sus tierras son de origen volcánico y ricas en nutrientes, además de altura lo que se traduce en mucho fósforo; ricas en recursos hídricos y aguas limpias indispensables para el proceso cafetero; reciben muchas horas de sol al día y están situadas entre latitud norte 0 y 10, lo mejor para este cultivo? Será.

 

Salento, Colombia.

 

Salento es el centro turístico por excelencia del Quindío y, junto a Cartagena de Indias, uno de los lugares más visitados de Colombia; tiene una excelente oferta hotelera –os recomiendo La Posada del Café, un encantador hostal pionero en el pueblito- y sé que la CNN lo eligió entre los diez pueblos con mejor arquitectura del mundo, pero tengo que reconocer que no es uno de mis lugares preferidos; me quedo con otros de la zona de los que os he hablado, como Filandia o Pijao, igual de bonitos os lo aseguro pero mucho más tranquilos y ojalá se mantengan así de por vida.

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Salento es además puerta de entrada al Valle de Cocora en el Quindio del que podría escribir líneas y líneas, compartir cientos y cientos de fotos como la de arriba; hablar de él durante horas y horas pero estoy segura que sería incapaz de transmitir la belleza de este rincón del eje cafetero colombiano en plena cordillera central de los Andes, parte del Parque Nacional de los Nevados y cuyo nombre en lengua indígena significa estrella de agua. Puedo utilizar adjetivos como majestuoso, bello, sobrecogedor, único, sublime, grandioso y mil cosas más pero nada sería comparable a encontrarse en medio de este valle del departamento del Quindío, mirar hacia arriba y con el corazón encogido y la respiración entrecortada contemplar esas infinitas y elegantísimas palmas de cera, declaradas árbol nacional, que puede llegar a alcanzar los 60 metros de altura y que desde hace ya varios años están protegidas por ley por lo que su tala y explotación comercial están prohibidas. En Cocora estuvimos solo unas horas –me hubiera quedado días- hicimos una pequeña caminata pero ¿lo mejor? La palma de cera que plantamos, ahora solo me queda tener un hijo y escribir un libro.

 

 

Me despido de este viaje al origen del que para muchos es el mejor café del mundo con una mañana en el Jardín Botánico del Quindío a tan solo diez minutos de Armenia donde perderse por el Sendero de la Colección Nacional de Palmas, la más grande e importante del país con más de 180 especies, ver osos perezosos como el que nosotros tuvimos la suerte de encontrar, escuchar al colibrí macho delimitar el territorio con su canto, salir a pajarear y pasar unas horas en su mariposario. Visiten el Quindío, solo por ver sus montañas azules cuajadas de café y plataneros merece la pena el viaje

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